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  EL FIN DEL PROFESIONAL RESPONSABLE  
Rubén Pesci
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Hace más de 20 años, Umberto Eco, el semiólogo y novelista italiano, clamaba por la gran responsabilidad de los constructores del ambiente (y los arquitectos en especial) como artífices principales de un lenguaje que hiciera del ambiente el gran libro cultural.
Ya entonces nos ayudó a aclarar que el profesional del espacio podía colocarse en tres posiciones:
* Una producción servil, con lenguajes banales de acuerdo a las exigencias del mercado y las modas de turno.
* Una producción de élite, con lenguajes de avanzada, exquisitos, de búsqueda autónoma y alejada de las prácticas sociales con mayor identidad, que se pertrechaba en su torre de marfil, con refinados experimentos, aunque quizás reaccionarios frente a las demandas concretas de su tiempo y su sociedad.
* Una producción culta pero socialmente enraizada, apuntando hacia adelante como es obligación de la vanguardia creativa, pero cuidando de hacerse entender y de responder a las demandas concretas.
Obviamente, Eco recomendaba la tercera posición, pues para que el lenguaje sea cultura, debe conseguir comunicarse y lograr entonces ser de alguna manera popular. Como lo hicieron Shakespeare, Cervantes, Palladio, Wright y todos los grandes creadores.
Desde entonces, pareciera que la advertencia de Eco no sólo no fue escuchada sino que se multiplicaron los serviles y los evadidos hacia adelante. La banalización general del ambiente construido y la ausencia de maestros así parecen demostrarlo.
La gran profesión de arquitecto, impregnada de sentido social, de preocupación por el programa y el sitio, de solidez no sólo en la idea sino en todo el proyecto, y con capacidad de control sobre la calidad del producto hasta sus últimas consecuencias, ha perdido todo mercado y comienza a resultar prescindible.
Décadas atrás, en esta misma Revista preaunciamos (como la muerte anunciada de Gabriel García Márquez) esta tangible posibilidad. Es responsabilidad de las escuelas de arquitectura y diseño haber propiciado que cada alumno construyera su propia torre de marfil para llegar a ser estrella, y del estilo de sociedad que tenemos que cada arquitecto se vea sometido a ser sólo un dibujante de los designios empresarios.
Desde esta Revista queremos seguir luchando por una arquitectura, un urbanismo, una ingeniería, un diseño que construyan un buen ambiente, y porque esas profesiones contribuyan a transformar en lenguaje y cultura las necesidades profundas de sus pueblos y sus paisajes. Sólo los necios siguen imperturbables ante su muerte anunciada.
Rubén Pesci - Febrero de 1999
 
   
           
         

         
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