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- Hace
más de 20 años, Umberto Eco, el semiólogo y novelista
italiano, clamaba por la gran responsabilidad de los constructores
del ambiente (y los arquitectos en especial) como artífices
principales de un lenguaje que hiciera del ambiente el gran libro
cultural.
Ya entonces nos ayudó a aclarar que el profesional del espacio
podía colocarse en tres posiciones:
* Una producción servil, con lenguajes banales de acuerdo a
las exigencias del mercado y las modas de turno.
* Una producción de élite, con lenguajes de avanzada,
exquisitos, de búsqueda autónoma y alejada de las prácticas
sociales con mayor identidad, que se pertrechaba en su torre de marfil,
con refinados experimentos, aunque quizás reaccionarios frente
a las demandas concretas de su tiempo y su sociedad.
* Una producción culta pero socialmente enraizada, apuntando
hacia adelante como es obligación de la vanguardia creativa,
pero cuidando de hacerse entender y de responder a las demandas concretas.
Obviamente, Eco recomendaba la tercera posición, pues para
que el lenguaje sea cultura, debe conseguir comunicarse y lograr entonces
ser de alguna manera popular. Como lo hicieron Shakespeare, Cervantes,
Palladio, Wright y todos los grandes creadores.
Desde entonces, pareciera que la advertencia de Eco no sólo
no fue escuchada sino que se multiplicaron los serviles y los evadidos
hacia adelante. La banalización general del ambiente construido
y la ausencia de maestros así parecen demostrarlo.
La gran profesión de arquitecto, impregnada de sentido social,
de preocupación por el programa y el sitio, de solidez no sólo
en la idea sino en todo el proyecto, y con capacidad de control sobre
la calidad del producto hasta sus últimas consecuencias, ha
perdido todo mercado y comienza a resultar prescindible.
Décadas atrás, en esta misma Revista preaunciamos (como
la muerte anunciada de Gabriel García Márquez) esta
tangible posibilidad. Es responsabilidad de las escuelas de arquitectura
y diseño haber propiciado que cada alumno construyera su propia
torre de marfil para llegar a ser estrella, y del estilo de sociedad
que tenemos que cada arquitecto se vea sometido a ser sólo
un dibujante de los designios empresarios.
Desde esta Revista queremos seguir luchando por una arquitectura,
un urbanismo, una ingeniería, un diseño que construyan
un buen ambiente, y porque esas profesiones contribuyan a transformar
en lenguaje y cultura las necesidades profundas de sus pueblos y sus
paisajes. Sólo los necios siguen imperturbables ante su muerte
anunciada.
Rubén Pesci - Febrero de 1999
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