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El
sitio ambiente se renueva en su cuerpo central, el
que hereda el carácter coleccionable de la
vieja Revista ambiente (papel).
Y la renovación no es sólo temática
sino conceptual. Cada tres meses presentaremos una
temática integral de gran actualidad, y por
eso mismo será más deseable coleccionarla.
(Recordamos que cada artículo está presentado
en formato PDF, que puede archivarse en la PC o imprimirse)
En
este caso el tema son las ciudades, su insustentabilidad
actual y sus posibilidades de volverse sustentables.
En el primer artículo, Roberto Fernández
da un encuadre agudo de la problemática. En
el segundo, Rubén Pesci plantea criterios para
la sustentabilidad, fundados en experiencias concretas
llevadas adelante por la fundación CEPA en
nuestro continente. Y en el tercero, un testimonio
de transformaciones recientes en California, sirve
de provocación, aún con las prevenciones
que las diferencias entre el mundo rico y el mundo
pobre deben necesariamente asumir para afrontar el
problema.
Como instigación inicial a la trascendencia
y la multidimensionalidad del tema, queremos agregar
también unos párrafos de la conferencia
que dictara en 1983 Ítalo Calvino para presentar
en EEUU su libro "Las ciudades Invisibles".
Hace 30 años que nos nutrimos de su sabiduría
y su poética, y estamos seguros que este breve
texto también acompañará al lector
para empezar la lectura del tema central de nuestra
Revista.
Italo Calvino
Las
ciudades invisibles
Presentación
En Las ciudades invisibles no se encuentran ciudades
reconocibles. Son todas inventadas; he dado a cada
una un nombre de mujer; el libro consta de capítulos
breves, cada uno de los cuales debería servir
de punto de partida de una reflexión válida
para cualquier ciudad o para la ciudad en general.
El libro nació lentamente, con intervalos a
veces largos, como poemas que fui escribiendo, según
las más diversas inspiraciones. Cuando escribo,
procedo por series: tengo muchas carpetas donde meto
las páginas escritas, según las ideas
que me pasan por la cabeza, o apuntes de cosas que
quisiera escribir. Tengo una carpeta para los objetos,
una carpeta para los animales, una para las personas,
una carpeta para los personajes históricos
y otra para los héroes de la mitología;
tengo una carpeta sobre las cuatro estaciones y una
sobre los cinco sentidos; en una recojo páginas
sobre las ciudades y los paisajes de mi vida, y en
otra, ciudades imaginarias, fuera del espacio y
del tiempo.
Cuando una carpeta empieza a llenarse de páginas,
me pongo a pensar en el libro que puedo sacar de ellas.
Así en los últimos años llevé
conmigo este libro de las ciudades, escribiendo de
vez en cuando, fragmentariamente, pasando por fases
diferentes. Durante un período se me ocurrían
sólo ciudades tristes, y en otro sólo
ciudades alegres; hubo un tiempo en que comparaba
a la ciudad con el cielo estrellado, en cambio en
otro momento hablaba siempre de las basuras que se
van extendiendo día a día fuera de las
ciudades. Se había
convertido en una suerte de diario que seguía
mis humores y mis reflexiones; todo terminaba por
transformarse en imágenes de ciudades: los
libros que leía, las exposiciones de arte que
visitaba, las discusiones con mis amigos.
Pero todas esas páginas no constituían
todavía un libro: un libro (creo yo) es algo
con un principio y un fin (aunque no sea una novela
en sentido estricto), es un espacio donde el lector
ha de entrar, dar vueltas, quizá perderse,
pero encontrando en cierto momento una salida, o tal
vez varias salidas, la posibilidad de dar con un camino
que lo saque fuera. Alguno de vosotros me dirá
que esta definición puede servir para una novela
con una trama, pero no para un libro como éste,
que debe leerse como se leen los libros de poemas
o de ensayos, o cuando mucho de cuentos. Pues bien,
quiero decir justamente que también un libro
así, para ser un libro, debe tener una construcción,
es decir, es preciso que se pueda descubrir en él
una trama, un itinerario, un desenlace.
Nunca he escrito libros de poesía, pero sí
muchos libros de cuentos, y me he encontrado frente
al problema de dar un orden a cada uno de los textos,
problema que puede llegar a ser angustioso. Esta vez,
desde el principio, había encabezado cada página
con el título de una serie: Las ciudades y
la memoria, Las ciudades y el deseo, Las ciudades
y los signos; pero llamé Las ciudades y la
forma a una cuarta serie, título que resultó
ser demasiado genérico y la serie terminó
por distribuirse entre otras categorías.
Durante un tiempo, mientras seguía escribiendo
ciudades, no sabía si multiplicar las series,
o si limitarlas a unas pocas (las dos primeras eran
fundamentales), o si hacerlas desaparecer todas. Había
muchos textos que no sabía cómo clasificar
y entonces buscaba definiciones nuevas. Podía
hacer un grupo con las ciudades un poco abstractas,
aéreas, que terminé por llamar Las ciudades
sutiles. Algunas podía definirlas como Las
ciudades dobles, pero después me resultó
mejor distribuirlas en otros grupos. Hubo otras series
que no preví de entrada; aparecieron al final,
redistribuyendo textos que había clasificado
de otra manera, sobre todo como «memoria»
y «deseo», por ejemplo Las ciudades y
los ojos (caracterizadas por propiedades visuales)
y Las ciudades y los trueques, caracterizadas por
intercambios: de recuerdos, de deseos, de recorridos,
de destinos. Las continuas y las escondidas, en cambio,
son dos series que escribí adrede, es decir
con una intención precisa, cuando ya había
empezado a entender la forma y el sentido que debía
dar al libro. A partir del material que había
acumulado fue como estudié la estructura más
adecuada, porque quería que estas series se
alternaran, se entretejieran, y al mismo tiempo no
quería que el recorrido del libro se apartase
demasiado del orden cronológico en que se habían
escrito los textos. Al final decidí que habría
11 series de 5 textos cada una, reagrupados en capítulos
formados por fragmentos de series diferentes que tuvieran
cierto clima común. El sistema con arreglo
al cual se alternan las series es de lo más
simple, aunque hay quien lo ha estudiado mucho para
explicarlo.
Todavía no he dicho lo primero que debería
haber aclarado: Las ciudades invisibles se presentan
como una serie de relatos de viaje que Marco Polo
hace a Kublai Jan, emperador de los tártaros.
(En la realidad histórica, Kublai, descendiente
de Gengis Jan, era emperador de los mongoles, pero
en su libro Marco Polo lo llama Gran Jan de los Tártaros
y así quedó en la tradición literaria).
No es que me haya propuesto seguir los itinerarios
del afortunado mercader veneciano que en el siglo
trece había llegado a la China desde donde
partió para visitar, como embajador del Gran
Jan, buena parte
del Lejano Oriente. Hoy el Oriente es un tema reservado
a los especialistas y yo no lo soy. Pero en todos
los tiempos ha habido poetas y escritores que se inspiraron
en El Millón como en una escenografía
fantástica y exótica: Coleridge en un
famoso poema, Kafka en El mensaje del emperador, Buzzati
en El desierto de los tártaros. Sólo
Las mil y una noches pueden jactarse de una suerte
parecida: libros que se convierten en continentes
imaginarios en los que encontrarán su espacio
otras obras literarias; continentes del «allende»,
hoy en que del «allende» se puede decir
que ya no existe y que todo el mundo tiende a uniformarse.
A este emperador melancólico que ha comprendido
que su ilimitado poder poco cuenta en un mundo que
marcha hacia la ruina, un viajero imaginario le habla
de ciudades imposibles, por ejemplo una ciudad microscópica
que va ensanchándose y termina formada por
muchas ciudades concéntricas en expansión,
una ciudad telaraña suspendida sobre un abismo,
o una ciudad bidimensional como Moriana. Cada capítulo
del libro va precedido y seguido por un texto en cursiva
en el que Marco Polo y Kublai Jan reflexionan y comentan.
El primero de ellos fue el primero que escribí
y sólo más adelante, habiendo seguido
con las ciudades, pensé en escribir otros.
Mejor dicho, el primer texto lo trabajé mucho,
me había sobrado mucho material, y en cierto
momento seguí con diversas variantes de esos
elementos restantes (las lenguas de los
embajadores, la gesticulación de Marco) de
los que resultaron textos diversos. Pero a medida
que escribía ciudades, iba desarrollando reflexiones
sobre mi trabajo, como comentarios de Marco Polo y
del Jan, y estas reflexiones tomaban cada una por
su lado y
yo trataba de que cada una avanzara por cuenta propia.
Así es como llegué a tener otro conjunto
de textos y traté de que fueran paralelos al
resto, haciendo un poco de montaje en el sentido de
que ciertos diálogos se interrumpen y después
se reanudan; en una palabra, el libro se discute y
se interroga a medida que se va haciendo.
Creo que lo que el libro evoca no es sólo una
idea intemporal de la ciudad, sino que desarrolla,
de manera unas veces implícita y otras explícita,
una discusión sobre la ciudad moderna. A juzgar
por lo que me dicen algunos amigos urbanistas, el
libro toca sus problemáticas en varios puntos
y esto no es casualidad porque el trasfondo es el
mismo. Y la metrópoli de los pig numbers no
aparece sólo al final de mi libro; incluso
lo que parece evocación de una ciudad arcaica
sólo tiene sentido en la medida en que está
pensado y escrito con la ciudad de hoy delante de
los ojos.
¿Qué es hoy la ciudad para nosotros?
Creo haber escrito algo como un último poema
de amor a las ciudades, cuando es cada vez más
difícil vivirlas como ciudades. Tal vez estamos
acercándonos a un momento de crisis de la vida
urbana y Las ciudades invisibles son un sueño
que nace del corazón de las ciudades invivibles.
Se habla hoy con la misma insistencia tanto de la
destrucción del ambiente natural como de la
fragilidad de los grandes sistemas tecnológicos
que pueden producir perjuicios en cadena, paralizando
metrópolis enteras. La crisis de la ciudad
demasiado grande es la otra cara de la crisis de la
naturaleza. La imagen de la «megalópolis»,
la ciudad continua, uniforme, que va cubriendo el
mundo, domina también mi libro. Pero libros
que profetizan catástrofes y apocalipsis hay
muchos; escribir otro sería pleonástico,
y sobre todo, no se aviene a mi temperamento. Lo que
le importa a mi Marco Polo es descubrir las razones
secretas que han llevado a los hombres a vivir en
las ciudades, razones que puedan valer más
allá de todas las crisis. Las ciudades son
un conjunto de muchas cosas: memorias, deseos, signos
de un lenguaje; son lugares de trueque, como explican
todos los libros de historia de la economía,
pero estos trueques no lo son sólo de mercancías,
son también trueques de palabras, de deseos,
de recuerdos. Mi libro se abre y se cierra con las
imágenes de ciudades felices que cobran forma
y se desvanecen continuamente, escondidas en las ciudades
infelices...
Casi todos los críticos se han detenido en
la frase final del libro: «buscar y saber quién
y qué, en medio del infierno, no es infierno,
y hacer que dure, y dejarle espacio». Como son
las últimas líneas, todos han considerado
que es la conclusión, la «moral de la
fábula». Pero este libro es poliédrico
y en cierto modo está lleno de conclusiones,
escritas siguiendo todas sus aristas, e incluso no
menos epigramáticas y epigráficas que
esta última. Es cierto que si esta frase se
ubica al final del libro no es por casualidad, pero
empecemos por decir que el final del último
capítulo tiene una conclusión doble,
cuyos elementos son necesarios: sobre la ciudad utópica
(que aunque no la descubramos no
podemos dejar de buscar) y sobre la ciudad infernal.
Y aún más: ésta es sólo
la última parte del texto en cursiva sobre
los atlas del Gran Jan, por lo demás bastante
descuidado por los críticos, y que desde el
principio hasta el final no hace sino proponer varias
«conclusiones» posibles de todo el libro.
Pero está también la otra vertiente,
la que sostiene que el sentido de un libro simétrico
debe buscarse en el medio: hay críticos psicoanalistas
que han encontrado las raíces profundas del
libro en las evocaciones
venecianas de Marco Polo, como un retorno a los primeros
arquetipos de la memoria, mientras estudiosos de semiología
estructural dicen que donde hay que buscar es en el
punto exactamente central del libro, y han encontrado
una imagen de ausencia, la ciudad llamada Baucis.
Es aquí evidente que el parecer del autor está
de más: el libro, como he explicado, se fue
haciendo un poco por sí solo, y únicamente
el texto tal como es autorizará o excluirá
esta lectura o aquélla. Como un lector más,
puedo decir que en el capítulo quinto, que
desarrolla en el corazón del libro un tema
de levedad extrañamente asociado al tema ciudad,
hay algunos de los textos que considero mejores por
su
evidencia visionaria, y tal vez esas figuras más
filiformes («ciudades sutiles» u otras)
son la zona más luminosa del libro. Esto es
todo lo que puedo decir.
(Conferencia
pronunciada por Calvino el 29 de marzo de 1983, para
los estudiantes de la Graduate Writing Divison de
la Universidad de Columbia, Nueva York) |
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