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Este destaque de la letra O y de la letra A, no es una cuestión
de género, lamentablemente se trata de una asignatura
pendiente tanto de hombres como de mujeres. Pues aquí
se refiere a que los políticos, sean hombres o mujeres,
se están olvidando cada vez más de las políticas.
Una vez más, debemos recordar el noble origen epistemológico
de la palabra “polis”, que quería decir
“ciudad” en griego antiguo, donde la política
era la actuación o el hacer sobre la ciudad, y consecuentemente
los políticos eran los expertos en ese hacer ciudadano.
Esta noción nos dice a las claras que el político
oficia por el Estado, y hace las políticas que son
las acciones del Estado. Tamaña cuestión se
perfeccionó con las democracias modernas, donde los
políticos son elegidos popularmente por ser los más
idóneos para representar al pueblo en el quehacer
de las políticas y donde la república es el
sistema institucional que organiza esa complejidad y custodia
la ejecución de las mejores políticas. |
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Tengo
la creciente certeza que estos gloriosos antecedentes,
casi siempre un tanto utópicos pero que marcaron
señéramente los mejores momentos de la gobernanza
universal, están siendo progresivamente olvidados
en la práctica política. Incluso en las
teorías de Maquiavelo donde el fin justifica los
medios, siempre se destaca que la acción del político
(aun la del Príncipe) es para el bien público,
como se concibió el rol de la república
como custodia de la “Res-pública” (cosa
pública). En aquellos tiempos renacentistas, incluso
se podía usar algún medio discutible o reprochable
para alcanzar las grandes metas. El perfeccionamiento
de la república impuso leyes de limitación
de la discrecionalidad, donde aun para los mejores fines,
también deben ser correctos los medios.
Muchos políticos en el mundo entero parecen
estar inventando un nuevo sistema de poder, autocrático,
por conveniencia, o con la justificación de la
ideología, de tal modo que los fines aparecen desdibujados
o sólo son objeto de retórica, con lo cual
hasta el pobre Maquiavelo palidecería por la banalidad
y peligrosidad de todo el sistema político en que
se montan.
El ejercicio de la política por los políticos
parece centrarse, dadas las trágicas consecuencias
de muchas de sus acciones, en una universidad distinta
a la que conocemos, donde el lugar “del poder del
saber”, que hemos buscado siempre en el conocimiento,
se instala “el saber del poder”… ¿Han
escuchado ustedes las conversaciones entre una buena parte
de los políticos, que en realidad hablan de cómo
generar, atrapar o destruir poder? Casi nunca se habla
de las políticas, que en el mejor de los casos
se deja en manos de asesores.
Una buena demostración de esto es el clásico
político que es capaz de pasar durante su vida
política por muchos cargos distintos y tan disímiles
como Ministro de Justicia, de Obras Públicas o
Intendente.
En Francia, es común que incluso se ejerzan dos
o más cargos políticos al mismo tiempo,
así el alcalde de un pequeño pueblo puede
presidir un área metropolitana y ser al mismo tiempo
senador, como me tocó conocer. Pero considérese
que Francia, aunque no está exenta de las consideraciones
que hacemos en esta nota de opinión, tiene cuadros
formados en sus escuelas de políticas públicas
y no se trata entonces de políticos improvisados. |
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Muy
pocas políticas ocupan la atención de la mayoría
de los políticos, y en esta dirección
la Argentina parece experta. También el grueso de
los ciudadanos las están olvidando, por estar desacostumbrados
a una discusión inteligente para definirlas y concertarlas.
Nuestra práctica política es decididamente
reactiva: se propone una medida a través del Poder
Ejecutivo, no es tratada por el Poder Legislativo, se transmite
superficialmente por los medios periodísticos, y
genera piquetes de contrariedad.
En ese proceso, nada virtuoso, muchas veces no aparecen
ni el Poder Legislativo ni la Justicia que garanticen
un verdadero ejercicio republicano y democrático.
La formulación de políticas, con A subrayada,
es una obligación del Poder Ejecutivo en cualquiera
de sus niveles, que debería para ello democratizar
su formulación con la participación ciudadana
-como sucede cada vez más en Brasil- y cualificarla
con su sereno tratamiento en el Poder Legislativo y el claro
marco del Poder Judicial.
No me convencerán de lo contrario las excusas ideológicas,
pues han coincidido en la formulación de políticas
serias y maduras las posturas ideológicas más
diversas. Elaboración de planes y proyectos, formulación
de planes quinquenales o lo que se parezca, medidas de previsión
y regulación, en fin, políticas para la gobernanza,
han sido bien ejercitadas por gobiernos de distintos signos.
Y lo que es más importante aún, en los países
más inteligentes (además de serios) esas políticas
utilizan la continuidad más allá del cambio
de los gobiernos, pues la disciplina de la continuidad es
uno de los garantes principales de la sustentabilidad.
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Los nuevos políticos que esperamos para la Argentina
2016, serán elegidos por las políticas de
bien público y de sustentabilidad que se comprometan
a ejercer.
El ejercicio de la política deberá
avanzar desde el fanatismo partidario (pues no
es una contienda de fútbol) a un respeto y a una
pasión por una verdadera gobernanza democrática
y republicana.
En un bello relato de ficción, el inefable y nunca
bien ponderado Italo Calvino, concluye que según
sea su rango, el político debe donar una parte de
su entereza física, como garantía de que va
a actuar correctamente. Si es un cargo menor, donar un órgano
menos, si es un cargo mayor, donar un órgano más,
y si es el presidente, ofrecer su vida como garantía
de cualidad.
Podemos salir de la ficción, y retomar la senda práctica:
la opinión pública ciudadana debe juzgar con
inteligencia y usar la memoria para no reiterar elecciones
equivocadas.
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RUBÉN PESCI / junio 2008 |
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