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Nikos
Salingaros (NS): ¿Con
los trágicos acontecimientos del
11 de septiembre de 2001, piensa que nuestra
civilización necesita cambiar de
dirección con respecto a su pensamiento
urbanístico? ¿La
inquietud percibida al habitar edificios
altos también indica una crisis con
la arquitectura modernista en general?
Léon
Krier (LK):
Los acontecimientos trágicos del
11 de septiembre de 2001 afectan nuestra
opinión general y el pensamiento
sobre los edificios altos o bajos por razones
psicológicas y prácticas.
Si se asume que el Pentágono y una
de las torres del "World Trade Center"
tenían una superficie similar, podemos
comparar el daño relativo hecho a
uno o el otro por la misma carga explosiva.
Es evidente que es fundamentalmente de distinto
orden [aproximadamente 200 contra
2000 muertes].
Supongamos que el establecimiento del Pentágono
se hubiera contenido en un solo edificio
alto en lugar de uno bajo, y piense en el
daño potencial que se podría
hacer al sistema entero de defensa de los
Estados Unidos por un avión civil.
Inversamente, suponga que el "World
Trade Center" hubiera sido construido
en bloques de edificios tradicionales de
cuatro pisos y reflexione en la pregunta:
¿Cuántos aviones se hubieran
necesitado para causar la destrucción
de su superficie? Conjeturo que el número
sería alrededor de 160 aviones de
tamaño de Boeing 737, en vez de 2.
Lo
absurdo, y a la vez trágico
del "World Trade Center"es que
un ejemplo muy pobre de arquitectura
se ha convertido en un mártir
involuntario, una piedra sepulcral
fantasmagórica de escala
monstruosa. Un monumento arquitectónico
falso (porque contenía
actividades económicas
privadas vestidas en un garbo
monumental, y contenidas en pilares
conmemorativos, tótems
... y los similares) se ha convertido
en un verdadero monumento con
su desaparición. Por su
disolución corporal ha
ganado el alma (inmortal) que
hasta ahora habia sido eludida.
Hay
muchas buenas razones para construir estructuras
altas simbólicas,
tales como el monumento de Washington,
el Capitolio, la torre Eiffel, la catedral
de St. Paul; sin embargo, no existe ninguna
razón sana de construir edificios
utilitarios excesivamente altos (a excepción
de aumento financiero). Su daño
colateral es tal que la sociedad no puede
permitirse esos absurdos como asuntos
generales. El problema hoy no es tanto
que existan, sino que algunos pensadores
arquitectónicos deseen que creamos
que son inevitables y necesarios, incluso
en el futuro. Estos edificios tienen un
impacto muy grande como símbolos
de sexo y energía, pero en vista
del verdadero daño que hacen a
sus ciudades huéspedes, sus usuarios,
y sus vecinos, no pueden ahora ser considerados
solamente como frágiles y peligrosos,
sino también obscenos más
bien que poderosos.